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CUANDO FUI ESTRELLA DE TV

La vida a veces regala amigos excepcionales.

Eduardo Mejía es uno de los realmente excepcionales.

Literato de excepción responde a mi modelo de Hombre del Renacimiento, enterado de todo, culto hasta la exageración.

Intelectual de primer nivel, cuya más reciente obra es extraordinaria: la recopilación de trabajos acerca de Octavio Paz hecha para el Colegio Nacional bajo el título de Lenguaje en Libertad.
Eduardo es asesor de la Universidad Veracruzana; editor del Fondo de Cultura Económica y de El Colegio Nacional, secretario de redacción de Audacia, Eclipse, La Onda y Viva, y como editor e investigador ha recopilado, anotado y editado la obra de Rosario Castellanos, y colabora en varios diarios nacionales.

Por mucho tiempo me hizo el honor de colaborar en mi programa en Mangas de Camisa de Canal 11, y hace tiempo publicó este texto donde da cuenta de nuestras andanzas en Canal 11.

Me da gusto publicarlo porque me recuerda que en alguna época pude ser culto sin que me de vergüenza y tuve amigos con quienes hablar de ciencia, arte y filosofía.

Tiempos traen tiempos.

Este es el texto de Eduardo Mejía.

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CUANDO FUI ESTRELLA DE TELEVISIÓN (En mangas de camisa)

Por EDUARDO MEJÍA

*Todo sucedió en una semana; en Hip 70 de Aguascalientes se me acercó una joven con aspecto de radical: te cambio alguno de los discos que tengas repetidos; en Gran Bazar del Toreo me detuvo un muchacho, un poco apresurado: no te vayas, déjame comprar tu libro (Tú, por ejemplo, que acababa de aparecer) para que me lo firmes, no te vayas a ir (por supuesto, lo esperé, no son cosas que pasen todos los días); abordé un camión en el paradero del Metro Chapultepec, hacia Ejército Nacional, y junto a mí tomó asiento una estudiante de medicina, muy atractiva; junto a ella, de pie, se quedó su acompañante, uno que la pretendía y que también traía bata blanca: ¿qué lees?, asombrado le mostré la portada de Dos crímenes, recién salido de la imprenta; qué tal está, preguntó y me pareció que era un absurdo que pudiendo tratar de ligar, me hiciera plática, hasta que me bajé frente a lo que aún no era Pabellón Polanco.
Apenas se había puesto a la venta Tú, por ejemplo, pero no era para tanto; el motivo de mi súbita e incómoda popularidad se debía a mi aparición semanal en En Mangas de Camisa y algunas en Discoteca Privada, todos los viernes.
Todo sucedió así: Guillermo Anaya llegó hasta La Onda, y nos invitó a Manuel Gutiérrez Oropeza y a mí a asistir a En Mangas de Camisa, que conducían Sergio Romano y Cristina Rubiales en el Canal 11, todos los días, a las cuatro de la tarde, un verdadero reto porque era la hora en que comenzaban las telenovelas que acaparaban un gran porcentaje del auditorio televisivo; y era una época no tan mala del género.
Pero Romano y Cristina hacían un programa divertido y variado, y sobre todo inteligente; su propósito era que comentáramos, los viernes, lo que publicaríamos un día después en La Onda, suplemento de Novedades, que era bastante menos solemne pero mucho más serio que otros suplementos, que no menospreciaba los llamados géneros de entretenimiento, y pese a todo nos acusaban, sobre todo a Gabriel Careaga y a mí, de mafiosos.
En mi primera participación hablé de la poesía mexicana erótica; era el número correspondiente a la primavera de 1977; Romano me preguntó qué opinaba de los experimentos que comenzaban, de niños de probeta, programados al gusto de los padres y no se me ocurrió otra respuesta que fusilarme la que acaba de decir alguien: “todo tiempo pasado fue mejor”.
Pese a nuestros titubeos, a Romano le gustó lo que hicimos, y cada semana íbamos, no siempre Manuel, a veces con invitados (Walter Weller Taboada el más asiduo). En los primeros programas, Romano y Cristina estaban en un escritorio y los invitados en sillones incómodos, en un plano más bajo; al poco, todos en el mismo plano. Al terminar el programa se iba Cristina y Romano, ya solo, dedicaba tres cuartos de hora a poner y comentar discos; sabía de música tanto como de literatura, sociología, política, filosofía; excelente lector, estaba más o menos al tanto de las novedades, que entonces eran mi mole, y las comentábamos al aire, sin ensayar, sin guión, y armábamos números bastante entretenidos; alguna vez tuvimos una discusión, sobre Cien años de soledad; como no me gustaba tanto como me gusta ahora, la traté como una novela inferior a otras del mismo García Márquez; como consumimos el tiempo, quedamos de vernos la siguiente semana, a la salida; y la siguiente semana Cristina llevó a Froylán López Narváez y a Dolores Castro para rebatirnos a Manuel y a mí; no salimos tan mal parados, fue un empate decoroso, y lo que dijimos todos fue bastante polémico pero sin desperdicio acerca de la novela hispanoamericana.
En otra ocasión, Ricardo Garibay, quien andaba promoviendo su Acapulco, objetó mi pasión por Faulkner: no lea a los extranjeros, eso es imperialismo, lea a los escritores mexicanos; como era al final del programa, lo dejamos para la siguiente semana, y en ella, pese a la actitud agresiva de Garibay (fuera de las cámaras era todo amabilidad; al aire, tan agresivo como un boxeador), terminó dándome la razón.
Por esos días, repito, apareció mi segunda novela, de la que no me arrepiento como de la primera; la editorial, mal aconsejada por mi amigo Justo Molachino, apostó por editar quince mil ejemplares, que se agotaron en cosa de cinco meses, y editaron seis mil más, que se agotaron en otros tres meses; la editorial, como acostumbraba, no me pagó más regalías que las correspondientes a diez mil ejemplares, y además había hecho lo que había querido con la puntuación, con algunos efectos que, corregidos, perdían sentido; evité que se reeditara. El éxito de ventas obedeció no a la novela, que escribí para que la leyeran unos cuantos y la entendieran muchos menos (Raúl Renán, Ricardo Zarak, Gustavo Sainz, Manuel); no en clave, pero sí hermética. El éxito se debió a mi presencia en la televisión, en el canal que supuestamente pocos veían.
*Una noche, cuando llegué, me encontré un recado de Sergio: había que ir al World Trade Center, donde estaba filmando varios programas porque iba a ver un puente de una semana; llegué cuando habían filmado el último; sólo que iban de atrás para adelante; como no podíamos comentar sucesos del día, nos pusimos a hablar de deportes; defendimos a los jugadores poco famosos; por ejemplo, Rocky Blair le abría paso a Franco Harris; Ricky Williams abría huecos para que pasara Larry Czonka; elogiamos a los buenos fildeadores en el beisbol; allí comenzamos a enfocar el deporte desde otro punto de vista; y es lo que he hecho desde hace 32 años, mostrando lo insólito, lo que no se ve; fueron cuatro programas que, si los repitiera el canal 11, encontrarían el germen de un periodismo diferente.
*Hablábamos de todo; al principio entrábamos cuando faltaban cinco minutos para terminar el programa, de cualquier manera debíamos estar cinco minutos antes de que empezara, porque cuando cerraban el estudio ya no lo abrían sino hasta terminar (y hacía un calor de 15 mil watts); un día lo visitaba Enrique Alonso: ¿qué le preguntarías?, me preguntó Sergio; muchas cosas, inventé; entra desde el principio, me dijo, y sostuvimos una plática divertida e interesante: ¿qué siente de ser el responsable de la educación de millones de mexicanos?, le preguntamos.
Compartimos escenario con mucha gente que iba como invitada: Yoshio, Sonia Rivas, Diego Herrera, luego fundador de Caifanes; Gonzalo Vega, Flor Procuna, pero la mayoría de las veces bastaba con un tema para que acaparáramos los tres cuartos de hora que duraba En Mangas de Camisa; no duró mucho la fórmula; poco después Cristina tuvo su propio programa, el de Serio se redujo a uno, pero de una hora; aunque Cristina me invitó al suyo, era condición de que dejara el de Romano; no acepté; aunque aclaro que iba como invitado, sin recibir emolumentos, no me interesaba una planta en el canal: bastante tenía haciendo La Onda de lunes a viernes; pero de allí en adelante entraba todo el tiempo, aunque muchas veces no participaba en alguna plática; pronto se hizo costumbre que llevara un disco, que casi siempre lo conocía Sergio, y ponía una o dos piezas; es uno de los que más conoce de música, entonces me conformaba con sus comentarios, pero aproveché un par de veces con su rechazo a The Who, que era y ahora más, de mis favoritos, para echar alguna plática sabrosa. Puso en peligro mi estabilidad social un día que comentó que ya no oía discos de Beatles, que ya los conocía demasiado, “la última vez fue en casa de Eduardo, que me puso dos discos piratas”, comentario que desató una persecución de los fanáticos coleccionistas que pensaban que tenía todos los piratas (cerca de 500) del conjunto.
Algunas veces fue a cenar a la casa; una de ellas, compartiendo tertulia con Bernardo Giner de los Ríos; fue muy divertido, porque aunque Sergio siempre acaparaba la atención de todos, Bernardo solía hablar, con conocimiento, de todo, y con tanto sabor como Sergio; la cena acabó a las ocho de la mañana; de allí en adelante todas nuestras cenas terminaban a esa hora, y eso porque yo debía llevar a Diego a la Liga Maya, a jugar beisbol. Varias veces, al terminar el programa, Sergio me daba aventón, y seguíamos la plática casi a la medianoche, en casa; en mi favor, presumo que hacía unas ensaladas tan buenas que la cena la servíamos en dos partes, porque primero se acababan la ensalada y dos o tres horas después servíamos el platillo fuerte.
*Un día llevé algún libro raro; ¿de dónde lo sacaste?, preguntó Sergio; conté que Aurelio González afirmaba que había mandado imprimir un catálogo de Joaquín Mortiz para justificar mi edición blanca de Mirándola dormir. ¿Cuál edición blanca? Al viernes siguiente la llevé al programa, y a partir de allí cada semana llevaba una edición rara, algún libro agotado, una edición de pocos ejemplares, alguna edición alterna. Gracias a eso, varios amigos marchantes comenzaron a ofrecerme rarezas, que provocan envidia entre coleccionistas, pero que me obligan a seleccionar mejor los libros que conservo.
*Al contrario de lo que le pasa a toda la gente normal, que presumo de serlo, no me puse nervioso ante las cámaras, un poco el primer día; de allí en adelante conservé la tranquilidad, no me apresuré, podía escoger las palabras sin tropiezos, y si alguna vez me reí fue de manera justificada; por ello pude mantener siempre un buen nivel de conversación, y con fluidez; en ocasión del Libro del Año, en 1997, Sealtiel Alatriste me invitó a su programa en canal 4, entonces el canal cultural de Televisa; conozco a Sealtiel desde 1987, pero ignoraba, o desconocía, mi paso por canal 11; entonces me advirtió: trata de no ponerte nervioso, al cabo que si te equivocas podemos cortar y repetir; por cuidarme se descuidó, y tuvieron que cortar un par de veces, pero no por mi culpa; Sealtiel se reía: fui yo, no tú. (Casi un año usaron mi imagen, en ese programa, como identificación del canal.) No le confesé mi experiencia, aunque creo que debió haberme visto más de una vez; mejor me fue con una conductora famosa; hacía sus pininos (no sus “pinitos”, como dicen ahora, quién sabe por qué) en un programa sabatino producido por mi amigo Luis Arturo Cárcamo; aunque se transmitía diferido, se grababa con público; la novata estaba en su segundo o tercer programa, y me invitó Luis Arturo para que ella se fuera soltando; él sí me había visto, y sabía que un entrevistado que no se pone nervioso ayuda a los entrevistadores novatos; antes de entrar a grabar, la conductora me dijo: te voy a preguntar esto, ¿qué me vas a responder? Contesté e hicimos una preentrevista, ensayada; a la hora de grabar me hizo la pregunta, que contesté tal cual, pero con otras palabras; desconcertada, siguió con las preguntas, que contesté, pero siempre con palabras diferentes; se puso tan nerviosa que terminamos con ella a punto de soltar el llanto, y yo con la afirmación de que soy muy buena gente. Cerca de quince años después volvió a entrevistarme, con motivo de la aparición del Baúl de recuerdos; ya con muchas tablas, dueña de su compostura, regañando a su equipo, ya no me dio instrucciones; comenzó la entrevista, pero le fui cambiando el tono, la temática, de tal manera que, con una frase nada descomunal (que escribí el libro antes de que se me acabara la memoria) soltó una de las carcajadas que tienen, o tenían, prohibidas los conductores. (Al terminar el programa, matutino, se me acercó el floor manager: ¿usted iba a En Mangas de Camisa?; yo era el floor manager del programa.)

Por la soltura que aprendí en En Mangas de Camisa, he podido mantener conversaciones radiofónicas (una inolvidable con mi amigo y rival en trivia Guillermo Ochoa, durante casi tres horas; día por cierto en que compartí micrófonos con Gloria Trevi), y me han entrevistado para canales y programas culturales, y con resultados que sorprenden a los entrevistadores: les sobra tiempo y cinta, porque no repiten ni deben cortar; la última intervención radiofónica debió suspenderse la grabación dos veces, pero no por culpa mía, sino porque Guillermo Samperio se cayó dos veces de la silla, enojado por lo que le había dicho. El programa conmemorativo del Mural Efímero de Cuevas termina con palabras mías.
*Hace unos días, buscando alguna información en Internet, descubrí un blog de Sergio Romano, y en él, su dirección en facebook (portada, en español); con el temor de que fuera un homónimo, le escribí; hemos restablecido la comunicación, interrumpida hace casi 30 años; aclaro que no fue por quedarme el disco George Harrison, de Harrison, donde aparece Steve Winwood, que aún no le regreso, y si no me presiona me tardaré en regresar todavía un poco; radica en Hermosillo, donde tiene programas de radio y televisión. Escribo esto no por presumir, aunque tengo muchos motivos justificados, de haber sido estrella de televisión, y sobre todo de Canal 11, sino por el gusto de recuperar una amistad que me enorgullece por varios motivos; para muchos, Sergio es un símbolo de cuando la televisión estaba en un excelente momento; no sólo es un triviólogo muy respetable, alguien que sabe mucho de música, de toda la música, y un lector sensible de literatura, de política, de sociología y de filosofía, y un periodista envidiable; es además hijo de José Romano Muñoz, uno de los maestros puntales de la Preparatoria (no de las prepas; comparable nada menos que a don Erasmo Castellanos Quinto), y uno de los que, influidos por José Gaos, ensayó la filosofía de lo mexicano, con textos comparables a los de Emilio Uranga y Jorge Portilla; y Sergio tiene el mismo sentido del humor, y la misma pasión por la palabra y por la cátedra, sólo que en vez de un aula, usa los micrófonos, no para educar, sino para despertar y contagiar esa pasión.
Y además, siempre es un placer recuperar amistades.

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