| CHICO NEYOY |
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Bulmaro Pacheco ¿Qué atisban los músicos cuando en su recorrido por las cantinas observan a los parroquianos que en ese momento se encuentran dialogando, riendo, discutiendo, reclamando, aclarando o recordando algunas etapas de la vida cotidiana; o en su caso, otros, están solitarios en mesa aparte con sus reflexiones y angustias? Me refiero al excitante mundo de las cantinas(del it.cantina) como lugares de esparcimiento disipación, cura soledad y reflexión –me refiero a las buenas, que en algunas realidades se conocen como tabernas, centros botaneros, o bares, las que huelen bien, donde sirven y atienden bien, incluida a veces la buena botana-. Esa cantina que es un referente obligado de centro de convivencia social, filosófica, existencial, de ligue, donde el drama humano y una suerte de combinación de alegrías con tristezas y cosmovisiones, le dan gusto a las veleidades de la existencia y las historias particulares. Todo con sus problemas aderezados por la bebida, la charla, las amistades, las compañías espontáneas y, desde luego, la infaltable y muy necesaria música, ese lubricante para el alma, que hasta a los más duros convence. Los músicos, en apariencia lo ven todo, registran todo o casi todo, pero en primer lugar identifican el gusto musical de los ahí presentes y sus reales posibilidades de sufragarlo. Piensan que no debe ser en balde el permanente desvelo y los sacrificios del oficio, y no dudan en el primer instante en ofrecer sus servicios para “lo que se ofrezca”, básicamente llevar algo de diversión y esparcimiento, y complementar a través de la música algunas etapas de alegría o tristeza en el rincón sentimental de cada quién, de cada realidad o biografía personal cargada de vivencias y sentimientos. En el argot de los grupos musicales, “talonear” es el recurrente proceso de recorrer cada una de las cantinas abriendo las puertas para revisar de un vistazo la calidad y el número circunstancial de la clientela para ofrecer los servicios musicales a una hora -y en un momento- donde los efectos de la bebida “despiertan pasiones” o hacen aflorar los sentimientos encontrados de los parroquianos y, entonces la música viene a representar el complemento indispensable para enriquecer el momento. Así es, así ha sido, así será. La alegría y los sentimientos que le anteceden son universales y la mezcla de disipación con música se da en todas las sociedades del mundo. Desarrolladas o no, pobres o ricas, atrasadas o avanzadas, las naciones se identifican en la gastronomía, la cultura, la bebida y la música. No es novedad una expresión elaborada que con los siglos ha marcado pautas y ha dejado tradiciones muy arraigadas. Todo el mundo canta y baila, eso no se discute. Todos los buenos músicos, desde los Alegres de Terán a los Bravos del Norte, pasando por Ramón Ayala, Cornelio Reyna, los Huracanes del Norte o los Cadetes de Linares, por dar algunos ejemplos, han pasado por las mismas. El éxito les llegó después de muchos años de talonear, practicar, ensayar, aguantar y esforzarse en una carrera que tiene de todo: satisfacciones, sinsabores, alegrías, tristezas y grandes y pequeñas cosas relacionadas con las diversas y complejas expresiones de la condición humana, esa auténtica razón de la sensibilidad musical desplegada por los personajes que han hecho su propia historia. Francisco de Borja Neyoy Soto (a) “Chico Neyoy”, tiene ahora 58 años de edad, y cumplió ya los 40 con éxito en el terreno de la música popular. En esos años ha compuesto, dirigido, bailado y dominado diversos instrumentos. La música ha sido su vida. Primero como cantante campirano en tertulias familiares en la comunidad de “Los Viejos”, una bucólica comunidad rural de no más de 50 caseríos ubicada entre El Salitral y La Bocana en el municipio de Etchojoa, donde nació y creció. Después como integrante de un dueto, cuando los conjuntos norteños se guiaban por el modelo del grupo más influyente -y el que más discos ha vendido en la historia de la música norteña- Los Alegres de Terán. Ellos utilizaron básicamente el acordeón y el bajosexto, para acompañar a un par de voces que con todo sentimiento se acostumbró a darle forma a la inspiración de aquellos años, penetrando enormidades en el gusto popular. Después agregaron saxofón y tarola. Chico Neyoy quedó huérfano de madre a los siete años de edad. Apolonia Soto Becerra murió de parto-muy usual en aquellos tiempos de las parteras empíricas llamadas comadronas- y parte de los siete hermanos quedaron a cargo de su tía Eutimia y de su padre Plácido Neyoy Jocobi. Hizo los primeros cuatro años de primaria en La Escondida, y después se trasladó a la escuela Fausto Topete de Huatabampo para concluirla, pasando después a la escuela Secundaria Estatal 17, donde estudió los casi tres años del ciclo. Su irrupción en Huatabampo y su trajín diario de su casa a la ciudad fueron toda una odisea por la forma en que se mantuvo y sobrevivió a los nuevos retos. Primero con el trabajo de campo, deshierbando los fines de semana. Después la venta de pan de horno, “pan de mujer” le decían -por la elaboración casera-, principalmente la tortaliza y la empanada de calabaza que vendía en el Huitchaca, Citavaro, y La Bocana. Posteriormente la venta diaria de papaya en la casa de Rodolfo Rosas, para financiarse un raquítico consumo (un plato de a peso) de la birria de Zenón en el mercado, combinado con la adquisición aparte de las tortillas de Pano Oba. Para aprovechar el tiempo, un ensayo de voces en los salones vacíos de la escuela mientras llegaba el segundo turno y el cultivo de amigos hechos al calor de las definiciones existenciales como como Halim Mosri, Carlos Gotró y los Jesuses: Ayub y Alcántar Montoya. Eran los tiempos del Huatabampo de los cachorros del norte de Trini, Ramón y Lupe Ruiz. También de los colegiales, los melódicos y el “compadre picas”, y desde luego, de Chuy Gabino y el Mago López. Empezó con la guitarra a los 12 años. Lo enseñó Agustín Mendívil, un mayordomo de Don Pancho Mendívil. Le siguió con el bajosexto a los 16. Su primer grupo se llamó “Los Embrujados,” formado por él y por Abelardo Campas; como dueto duran dos años. Después, a principios de los setenta y con Epifanio Valenzuela, forman el grupo Los Norteños Alegres, con acordeón, bajosexto y tololoche, así la pasan casi 5 años entre la zona de tolerancia, las cantinas, bailes, sepelios y fiestas particulares. Como “Norteños Alegres -que querían llamarse Los Centellas-darían paso a un grupo que ya existía en la región del Mayo: con el integrante original de aquellos, Layo Nieblas, se vuelven a integrar Los Pícaros del Norte. ¿Por qué pícaros? porque quien les había financiado la adquisición de los instrumentos musicales lo había hecho con la condición de que le pagaran con tocadas, y se dice que los integrantes originales no cumplían. Su mecenas (Francisco Ibarra Cevallos) se cansó porque no los encontraba y a cada rato les reiteraba que eran unos pícaros por no pagarle, así se les quedó el mote y fue el pueblo, el que realmente rebautizó al nuevo grupo. Lo de píkaros con “k”, fue después a sugerencia de don Alejandro Valdez Almada, autoridad de la sociedad mutualista, por la fama que habían obtenido y la necesidad de que fueran originales y distintos, les decía el gran viejo siempre solidario con la gente esforzada. Con el tiempo, a Chico Neyoy y Los Píkaros del Norte, gracias a la disciplina y su constancia, les llegó la fama; vinieron las giras y los discos. La primera grabación la hicieron a sugerencia de Everardo Elizalde “El Gallo”, que por aquellos años cantaba en el dueto Los Dos Gallos. Grabaron en los estudios de Ernesto Almada su primer éxito El gallito copetón, vendría después su éxito internacional El brinquito, y 13 discos más que los proyectaron a contratos en Sinaloa, Chihuahua, las dos baja californias, y una parte importante del sur de los Estados Unidos. Del 2000 en adelante han alternado su tiempo entre Sonora y Las Vegas Nevada, bajo contrato en la cadena de restaurantes “La Islita,” donde Chico Neyoy y Los Píkaros: Pedro,Manuel, Bernabé, Adelaido, y Rigo son aplaudidos por no pocos hispanos gustosos de la buena música norteña. No todo ha sido miel sobre hojuelas para chico Neyoy y su mujer Georgina Hurtado Campa, de la Escondida. Perdieron a su hijo Jorge Efraín a los dos años de edad, y Chico recibió una bala perdida en el cuello -que milagrosamente no le tocó órganos vitales en 1996- en la comunidad de Ranchería Alamos, una noche cuando “Los Píkaros Band”, en su segunda transformación como conjunto musical, tocaban esa noche en un baile popular. Chico la libró dice, gracias a dios, la suerte, y la atención oportuna. Chico Neyoy es miembro de la generación de una verdadera cultura del esfuerzo. Heredó talento y sentido del humor y le puso vocación y mucho trabajo para desarrollarlo en la creación musical que nos ha deleitado a varias generaciones en sus 40 años de carrera musical. Chico no se acompleja con la edad ni con los nuevos tiempos; al contrario, ha buscado innovar y transformar su actividad. Ha registrado muy bien el paso de la redova a la tarola, del tololoche al bajo eléctrico, del primer saxofón verde que adquirió por 12 dólares a los trombones y de la guitarra acústica, al bajosexto eléctrico todo ello, a pesar de las ruidosas y degradantes tecnobandas, los cantantes light, la piratería y la improvisación. Él sabe que la música no pasa de moda-siempre habrá una generación nostálgica, lo vimos con la muerte de Sandro de América-y que el conocimiento musical es una verdadera manifestación cultural que debe cultivarse, ampliarse, modernizarse y actualizarse. Los Cachorros, los Melódicos, los H-70, Los Jocobi, Los Guzmán, el dueto mezquite, René Magallanes, la banda Buffalos, Real del norte, los Ceboa, Chico Neyoy y Los Píkaros así como los solistas Armando Toledo y Lorenzo Ochoa, representan el inventario histórico cultural más consistente de la música creada en la región del Mayo. ¿Las razones?: No han sido flor de un día, y eso revela muchas cosas, entre otras; su autenticidad, son realmente de los de adeveras, como diría Tino Avila. |
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