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SISTEMAS POLITICOS

Hace tiempo dicté una conferencia sobre sistemas electorales y hoy, revisando mis antiguos textos, rescato esta parte donde defino el tránsito de los sistemas políticos:
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SISTEMAS POLÍTICOS
Por Sergio Romano*
Para Pericles, un estado democrático es aquel donde la ley es igual para todos; es lo que los atenienses llaman la isonomia. Es además un estado donde es igual la participación en los negocios públicos, es decir, la isegoria, y además todos participan del poder, es decir, la isocratia.
Sin embargo, para Platón, la democracia es el reino de los sofistas, de los demagogos, que se nutren de halagar al populacho en sus apetitos más bajos para dominarlo y considera en La República que la única forma de gobernar la polis es con un grupo de hombres sabios que dicten las leyes y las administren, los sinarcas, a partir de las ideas puras, los topos uranos, tal y como lo bosqueja en el mito de la caverna.
Pero más allá de Platón o de la visión aristotélica de que el estado son sus leyes, Grecia osciló políticamente de regímenes democráticos a tiranías abyectas y hasta timocracias asfixiantes.
Todo cambia con la irrupción en el mundo griego, y en el mundo entero, de Alejandro de Macedonia, en donde el individuo ciudadano desaparece para que todos se conviertan en vasallos del Rey- emperador, y esa noción que hoy llamamos democracia desaparece hasta quedar apenas como una mera herencia ideológica, que en algún instante de la vida de Roma servirá de basamento a la República romana.
Roma discurre por las tres etapas de la posibilidad política, de la monarquía de los 7 reyes a la república aristocrática de los Escipiones a un sistema imperial que lo mismo engendraba gobernantes excelsos como Adriano que monstruos como Calígula o Tiberio.
Los ciudadanos habían pasado de ser hombres para el rey a hombres para la polis a hombres para el Imperio, siempre subordinados a una instancia unificadora y aglutinante que por comodidad semántica llamaré “Estado”, con mayúscula, siguiendo la idea de Hobbes en El Leviatán.
Y esa concepción del hombre para el Imperio se trasladó en la Edad Media en el hombre para Dios.
La esencia valorativa del medioevo europeo es que el hombre existe por y para Dios, que se expresa en la Iglesia Católica; y ese concepto del Dios unitario y homogéneo entra en crisis con la reforma luterana, y cambia hacia el Dios generoso que hoy tenemos, a partir de la fallida reforma masónica del Siglo XVIII.
Pero lo cierto es que Dios murió de madrugada, allá en el Siglo XVIII.
Aquel Dios medieval omnímodo y centralista, creador de Iglesia y reyes, que mantuvo la ciencia sujeta a la fe y la conciencia de los hombres a su verdad revelada, ese Dios totalitario desapareció cuando algunos hombres obscuros y clandestinos pensaron que matando a un Rey serían libres, y que desobedeciendo al Papa podrían pensar por sí mismos.
Sí: aquel Dios medieval murió en el Siglo XVIII, y en su lugar quedó la Madre Libertad. Y el hombre supo entonces que no hay nada más bello ni más aterrador que la libertad.
La revolución liberal francesa crujió los cimientos del poder omnímodo sustentado por la Iglesia, mientras que la revolución industrial le pedía prestado al diablo la energía oculta para crear máquinas que crecieron al lado del hombre y más allá de Dios.
Prometeo se había liberado y ahora la discusión sobre la libertad fue desde la idea de Abagnano de que es “una posibilidad de elección”, hasta la visión pesimista de Martin Heiddegger de que “Libertad es la posibilidad de elegir las propias cadenas”.
Pero, en efecto, las cadenas de habían roto y del mundo oscuro de la seguridad sin libertad del medioevo se pasó al mundo frío de libertad sin seguridad del tiempo de hoy.
Aquel mundo cierto y seguro, inmóvil pero continuo, había desaparecido, y en su lugar ahora estaba el movimiento y el frenesí, la sed que nunca se sacia, el canto de guerra de las cosas que ahora ocupaban el lugar de Dios.
Y junto con Dios, también se murió la vieja moral.
Hasta el 1776, hasta el 1789, la moral del estado era idéntica a la moral de la Iglesia; pero a partir de entonces los hombres libres que vivían en Occidente tuvieron que preguntarse qué es la Moral.
Y sobre todo qué es la Moral en política.
Los valores cristianos, o los mahometanos o los budistas, son válidos cuando el estado y la iglesia tienen un código ético idéntico, y en donde el monarca (o el jefe de estado) proveen el mínimo de satisfactores, en donde el poseer no es tan importante como el trascender.
Podemos vivir mal en esta tierra porque “es la voluntad de Dios”, pero al cabo y qué, me iré al cielo, o a los Campos Elíseos, o al Nirvana, o el Jardín de Alá.
Además, todos saben que “es más fácil que pase un camello por el ojo de una aguja que un rico al cielo”. Bendito sea dios que uno no era rico.
Es la teoría de los “pobres pero felices” de Pedro Infante.
Pero cuando el mundo se cosifica, cuando todo está ligado al dinero, cuando la vida está llena de violencia competitiva y cuando ya nadie sabe para dónde queda el cielo, entonces empieza la violencia urbana.
El pragmatismo expresado políticamente, que ideológicamente viene de Francis Bacon y de Hume y que arraiga con Hutcheson y Butler y en especial con Dewey, considera que el mundo debe estar regido por la utilidad, y cree seriamente que la paz debe llevarse a todos los pueblos de la Tierra a través de la unión económica, a través de la vida práctica.
Lástima que esa paz que proclaman los pragmáticos es peor que la muerte, porque le roba la cultura al alma y, sobre todo, porque antepone la máquina que genera riqueza, al ser humano y su entorno.

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